¡Vámonos al Norte!
Obra de teatro en un acto, escrita por el seminarista Toribio Romo González alrededor de 1920, cuando tenía veinte años y preparaba las últimas etapas de su formación sacerdotal. No se conserva en un archivo público de acceso general; el texto se conoce por la referencia en la biografía del padre Román y, más recientemente, por el ensayo de David Romo en Texas Monthly (2010), donde el autor la describe tras haberla revisado en archivos familiares.
Género y contexto
Pertenece al género de las pastorelas moralizantes mexicanas, comedias breves escritas por sacerdotes y seminaristas para representación en las fiestas patronales de los pueblos. El fin es catequético y a la vez comunitario: reír con el pueblo mientras se le instruye. El tono es popular, directo, con guiños al habla de la ranchería alteña.
Argumento
Don Rogaciano, migrante mexicano retornado de Estados Unidos, llega a su aldea natal convertido en un caballero americanizado: habla inglés mal, desprecia las costumbres del campo, usa ropa de ciudad, se burla del cura local. Sancho, un campesino sagaz que nunca dejó el pueblo, lo enfrenta con el sentido común y una serie de bromas que desarman la pose de superioridad. Al final, Rogaciano reconoce que los valores de su tierra — la familia, la fe, el trabajo honesto — son los que realmente cuentan, y que lo que trajo de regreso del Norte no compensa lo que perdió al irse.
Lectura
Es una obra modesta en ambición literaria. No tiene pretensiones de drama. Lo que la vuelve interesante, a cien años de distancia, es que su autor — un cura que predicó contra la emigración desde el púlpito — se convertiría en el patrono celeste de los mismos migrantes que trató de retener. La ironía no la hace menos importante; la hace más humana. Toribio habló desde la posición ideológica de su iglesia en su tiempo. Lo que vino después — el reconocimiento como protector de los desplazados — pertenece al siguiente capítulo de su vida, el que no alcanzó a escribir.
Un investigador serio de la obra sigue pendiente. Hasta donde se sabe, el manuscrito original está en manos de descendientes de la familia Romo. David Romo y algunos académicos tapatíos han solicitado acceso para una edición crítica; el proyecto está todavía abierto.