Capítulo II · 25 de febrero de 1928

El martirio en la barranca de Agua Caliente

Esa mañana, a las cinco de la madrugada, los soldados federales y los agraristas del gobierno de Plutarco Elías Calles entraron al cuarto donde dormía un cura de veintisiete años.

El marco

Febrero de 1928 en Jalisco

Para febrero de 1928 la Guerra Cristera llevaba dieciséis meses en curso. La zona de Los Altos era uno de los frentes más activos y más sangrientos: a una semana de distancia, en San Julián, los cristeros acababan de derrotar a una columna federal completa; en el Cerro del Cubilete la aviación federal había dinamitado el monumento a Cristo Rey; en la sierra de Nayarit combatían los coras y los huicholes junto a los rancheros jaliscienses. En las ciudades se fusilaba a sacerdotes sin juicio: en Colima, en Guadalajara, en Morelia, en Chihuahua. En Jalisco se había dictado una orden que todos los párrocos conocían: cualquier cura sorprendido celebrando misa clandestinamente sería fusilado en el lugar.

El padre Toribio Romo sabía todo esto. Sabía que el delator eventualmente llegaría. Sabía que la barranca de Agua Caliente no era un escondite invulnerable. Lo que hizo, durante los últimos días de su vida, fue prepararse.

El miércoles de Ceniza, 22 de febrero, pidió a su hermano Román la confesión y le entregó la carta testamento. El jueves 23 envió a Román a Aguascalientes, con un pretexto — quería tenerlo lejos si llegaban los soldados. El viernes 24 se sentó a ordenar los libros parroquiales. Trabajó todo el día y toda la noche, hasta poco antes del amanecer del sábado 25. Cuando terminó, sintió sueño. Le dijo a su hermana María:

«Creo no poder celebrar. Me domina el sueño. Voy a dormir un poco.» — Padre Toribio Romo, ca. 4:30 a.m., 25 feb 1928

Se acostó en el catre de su cuarto. Una hora después, llegaron los soldados.

Esa mañana

Cinco de la madrugada

Los testimonios coinciden en los hechos esenciales y difieren en algunos detalles menores. La versión que sigue es la recogida por el postulador de la causa de canonización y corroborada por el testimonio directo de María Romo González, hermana del padre, que estaba presente. Su relato fue tomado bajo juramento varias veces entre 1928 y su muerte, décadas después.

5:00 a.m. aprox.

El cerco

Un destacamento compuesto por soldados federales y agraristas armados — los segundos, campesinos progubernamentales armados por el estado — rodea la casa del señor León Aguirre en el rancho de Agua Caliente. Se dice que un delator del propio Tequila les indicó el lugar exacto. Saltan las bardas en silencio. María Romo está en la cocina, preparando el fuego para las primeras tortillas del día.

5:05 a.m. aprox.

La irrupción

Los soldados entran a la casa sin aviso. Buscan cuarto por cuarto. Al encontrar la habitación donde duerme el padre Toribio, uno de los agraristas — identificado posteriormente como Pedro Mariscal — lo reconoce en la penumbra y grita: «¡Éste es el cura! ¡Mátenlo!»

Instantes después

Las palabras

El grito despierta al padre Toribio. Se incorpora sentado en el borde del catre. Según el testimonio de María, alcanza a decir, todavía medio dormido:

«Sí soy, pero no me maten…»

La frase queda sin terminar. Antes de que pueda decir más, los soldados disparan.

Segundos después

La primera descarga

Una descarga cerrada de rifles lo hiere de muerte. Sangrando, con pasos vacilantes, el padre Toribio alcanza a ponerse en pie. Camina unos pasos hacia la puerta de la habitación. Los soldados disparan una segunda vez, por la espalda. Cae hacia atrás.

Instantes después

María

María había corrido al oír los primeros disparos. Llega al cuarto mientras su hermano cae. Lo toma en brazos. Le grita al oído las palabras que la devoción popular ha repetido desde entonces:

«Valor, padre Toribio… ¡Jesús misericordioso, recíbelo!… ¡Viva Cristo Rey!» — María Romo González

El padre Toribio le dirige una mirada con los ojos abiertos — claros, dicen los testimonios — y muere en sus brazos. Tiene veintisiete años, diez meses y nueve días.

Después del disparo

La profanación y el entierro

Lo que los soldados hicieron después está documentado en varios testimonios y constituye parte esencial del proceso de canonización, porque demuestra el odium fidei — el odio a la fe — que la Iglesia exige para reconocer a alguien como mártir.

Los soldados no permitieron que María velara el cuerpo. La amarraron espalda con espalda con el cadáver de su hermano, con las ropas del sacerdote. Armaron una camilla improvisada con ramas y palos. Despojaron al padre Toribio de sus vestiduras y saquearon la casa: se llevaron el cáliz, los ornamentos litúrgicos, los libros parroquiales que Toribio había terminado de ordenar horas antes.

Transportaron el cuerpo a pie hasta el poblado de La Quemada, pasando frente a la presidencia municipal de Tequila. Los soldados silbaban y cantaban obscenidades mientras unos vecinos — obligados a la tarea — cargaban la camilla. Los demás acompañantes rezaban en voz baja. En La Quemada dejaron a María presa varias horas sin explicación.

Cuando fue liberada, María caminó descalza a pie hasta Guadalajara, a la casa de sus padres, para aislarse del odio, cobijarse en el amor paterno y llorar con los suyos la pérdida de su «querido niño» — como lo llamaban en la familia. La familia Plascencia, cercana a los Romo en Guadalajara, consiguió permiso de las autoridades civiles para velar el cuerpo en su casa. Al día siguiente, domingo 26 de febrero de 1928, entre una multitud silenciosa que rezaba y lloraba, y bajo vigilancia federal, el padre Toribio fue sepultado en el panteón municipal de Guadalajara.

La carta testamento

Pasados los primeros días, Román Romo — el hermano menor, ahora también prófugo — abrió la carta que Toribio le había entregado el miércoles de Ceniza. Era un testamento breve, campirano, sin grandilocuencia. Se conoce el texto porque Román lo transcribió después:

«Padre Román, te encargo mucho a nuestros ancianitos padres, haz cuanto puedas por evitarles sufrimientos. También te encargo a nuestra hermana María que ha sido para nosotros una verdadera madre… a todos, a todos te los encargo. Aplica dos misas que debo por las Almas del Purgatorio, y pagas tres pesos cincuenta centavos que le quedé debiendo al señor cura de Yahualica…» — Carta testamento del padre Toribio Romo, 22 de febrero de 1928

Son las últimas palabras conocidas de su puño y letra. Lo que conmueve a quien lee este documento no es la grandeza teológica — no la hay — sino la humanidad concreta: la preocupación por los padres ancianos, la gratitud a la hermana, las dos misas pendientes, los tres pesos cincuenta centavos que no quería deber al otro cura de otro pueblo. Un santo no es siempre un gigante. A veces es un hombre que no quiere morir con deudas.

Lo que siguió

De la tumba al altar

Durante veinte años el cuerpo del padre Toribio Romo reposó en el panteón municipal de Guadalajara. Poco a poco, durante esos años, los fieles cercanos a la familia fueron llevando al pueblo de Santa Ana las reliquias que habían guardado con celo: la ropa que portaba Toribio al morir, con las manchas de sangre todavía visibles; el escapulario de la Virgen del Carmen que le encontraron junto al cuerpo; su Biblia personal; gotas de sangre cuidadosamente recogidas en borlas de algodón y guardadas después en pequeñas ampollas de vidrio. Estos objetos se conservan hoy en urnas laterales de la Iglesia de la Mesita, a disposición de los peregrinos que quieren verlos.

En 1948, su hermano Román — que había sobrevivido a la guerra y pasado los años siguientes recogiendo testimonios, escribiendo la biografía, promoviendo devoción privada — consiguió el permiso episcopal para el traslado de los restos. Volvieron a Santa Ana de Guadalupe y fueron depositados en la capilla que Toribio mismo había mandado construir para la Virgen de Guadalupe, donde había celebrado su primera misa en 1923.

La pequeña capilla se conoció desde entonces como la Iglesia de la Mesita, por estar edificada sobre una pequeña explanada elevada. Ahí se veneraron las reliquias del mártir durante décadas. Casi de inmediato empezaron a atribuírsele milagros por intercesión. Román y otros familiares recopilaron testimonios en unos cuadernitos que atesoraron con la esperanza de que sirvieran para la canonización. La devoción era estrictamente local: familias de Santa Ana, de San Miguel el Alto, de Jalostotitlán. En 1990 los cuadernos registraban apenas unas decenas de favores.

Entonces, en 1992, llegó la beatificación, y todo cambió.

El fenómeno migrante, que transformó un culto local en devoción transnacional, es la materia de los capítulos III y IV. →

Fuentes citadas

  • Proceso de canonización — Testimonios recogidos entre 1988 y 1992 para el proceso diocesano y romano, incluyendo el testimonio directo de María Romo González y varios testigos presenciales del entierro en Guadalajara.
  • Romo R. (1948) — Román Romo González, Biografía de mi hermano, el Padre Toribio Romo. Manuscrito inédito utilizado como base de todas las biografías posteriores. Archivo Familiar Romo.
  • Orozco (s.f.) — Luis Alfonso Orozco, «Toribio Romo González, Santo». Catholic.net. Recoge el texto íntegro de la carta testamento.
  • Arquimedios GDL (2021) — «Santo Toribio Romo, el mártir que reconoció ser ‘cobarde’». Arquidiócesis de Guadalajara. Incluye detalles sobre el reconocimiento por Pedro Mariscal y la secuencia de las descargas.
  • Mater Fátima — Ficha biográfica con la reconstrucción cronológica del 24 y 25 de febrero de 1928.
  • Murphy (2007) — James Murphy, The Martyrdom of Saint Toribio Romo: Patron of Immigrants. Liguori Publications. Reconstrucción detallada del martirio para lectores en inglés.
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