Febrero de 1928 en Jalisco
Para febrero de 1928 la Guerra Cristera llevaba dieciséis meses en curso. La zona de Los Altos era uno de los frentes más activos y más sangrientos: a una semana de distancia, en San Julián, los cristeros acababan de derrotar a una columna federal completa; en el Cerro del Cubilete la aviación federal había dinamitado el monumento a Cristo Rey; en la sierra de Nayarit combatían los coras y los huicholes junto a los rancheros jaliscienses. En las ciudades se fusilaba a sacerdotes sin juicio: en Colima, en Guadalajara, en Morelia, en Chihuahua. En Jalisco se había dictado una orden que todos los párrocos conocían: cualquier cura sorprendido celebrando misa clandestinamente sería fusilado en el lugar.
El padre Toribio Romo sabía todo esto. Sabía que el delator eventualmente llegaría. Sabía que la barranca de Agua Caliente no era un escondite invulnerable. Lo que hizo, durante los últimos días de su vida, fue prepararse.
El miércoles de Ceniza, 22 de febrero, pidió a su hermano Román la confesión y le entregó la carta testamento. El jueves 23 envió a Román a Aguascalientes, con un pretexto — quería tenerlo lejos si llegaban los soldados. El viernes 24 se sentó a ordenar los libros parroquiales. Trabajó todo el día y toda la noche, hasta poco antes del amanecer del sábado 25. Cuando terminó, sintió sueño. Le dijo a su hermana María:
Se acostó en el catre de su cuarto. Una hora después, llegaron los soldados.