El santo que no quería que nos fuéramos
En 1920, cuando todavía era un seminarista de veinte años, Toribio Romo escribió una obra de teatro en un acto, titulada ¡Vámonos al Norte!. Era una comedia moralizante, pensada para representarse en las fiestas del pueblo, al estilo de las pastorelas navideñas pero con un mensaje contemporáneo. La trama era sencilla: un personaje llamado Don Rogaciano regresa a su aldea después de varios años en Estados Unidos, hablando inglés macarrónico y despreciando las costumbres del campo. El campesino Sancho, que nunca se fue, lo desarma con sentido común y humor alteño. Al final, Rogaciano reconoce que en el Norte había perdido más que lo ganado.
El mensaje del joven seminarista era el de toda la iglesia mexicana de su tiempo, y especialmente el de los obispos de Los Altos: no se vayan. El Norte los corrompe. Los pierden en la fábrica, en la cantina, en la lejanía. Quédense en la tierra.
Es una de las grandes ironías de la historia religiosa mexicana reciente que el autor de esa obra — un cura que dedicó parte de su ministerio a disuadir a los campesinos de Tequila de cruzar la frontera — se haya convertido, décadas después de muerto, en el patrono no oficial de los migrantes. La paradoja no invalida la devoción. Pero la complica, y vale la pena verla de frente antes de entrar en los relatos.
La fuente que documenta este dato es inesperada: un ensayo publicado en Texas Monthly en noviembre de 2010 por David Romo, escritor tejano y sobrino-bisnieto del santo. Romo viajó a Santa Ana de Guadalupe a los cincuenta años, por primera vez, para intentar entender qué tenía que ver su tío sacerdote — figura casi tabú en la familia — con el hombre de la pickup roja del que hablaban los migrantes. Su ensayo es tierno y escéptico a la vez. Reconoce la devoción popular como un fenómeno real, y a la vez duda de los detalles más concretos. Es, hasta hoy, el mejor texto crítico que existe sobre el culto.